Opinión: el deporte, la mejor solución.


CULTURA DEL DEPORTE, LA MEJOR SOLUCIÓN

Conocer el propósito de nuestras acciones es imprescindible para valorar la coherencia de nuestro comportamiento. No es suficiente relacionar lo que hacemos con lo que decimos, necesitamos dar un paso más en el análisis. La coherencia está en alinear los comportamientos a nuestras verdaderas intenciones o propósitos, no sólo a los discursos. Para ello debemos responder al “por qué y para qué actuamos”. Identificar las incoherencias es fundamental para la resolución de problemas. En cuanto al liderazgo de las personas, la coherencia es igualmente imprescindible, sin ella no se puede tener credibilidad.

Si analizamos la actividad política, por su propia definición, ésta debería obedecer a un propósito: fomentar una convivencia cívica en una sociedad, crear, dirigir, supervisar y actualizar los sistemas de organización que optimicen dicha convivencia. 

¿Se cumple este objetivo actualmente en España?

La actividad de los políticos que nos gobiernan pone de manifiesto sus verdaderas intenciones, dejando en segundo plano el propósito anteriormente señalado y dando prioridad a conseguir la posición y el poder que otorga el cargo de gobierno y su beneficio económico. 

Evidentemente existe un orden cronológico para acometer ambos objetivos y es obvio que la labor política es muy compleja, pero se antoja imposible su eficacia si su prioridad se aleja de su propósito por definición. 

¿Competición y gestión? o ¿Competición y más competición?

Los políticos no participan en las elecciones para obtener un mando sino para recibir un mandato, una “licencia temporal”, otorgada por la confianza del votante para cumplir el propósito de la política. El camino natural y leal para honrar esa confianza, no puede ser otro que el trabajo responsable y eficaz, tanto desde el gobierno, como desde la oposición. El análisis objetivo de la productividad de esa gestión, debería ser el criterio principal por el que los votantes se guiasen para mantener o cambiar su confianza hacia las diferentes alternativas.

¿Es esto lo que sucede actualmente? Competición y  polarización.

A lo largo de los últimos años, los políticos en España están cambiando el propósito de la política. Han radicalizado su componente competitivo, como si de un juego o deporte se tratase, donde el propósito es “ganar” y el fin justifica los medios. 

Tomando como referencia el mundo del deporte, las competiciones se organizan a través de reglamentos coherentes que combaten las trampas y los atajos. La inmensa mayoría de deportistas respetan las reglas, y quienes no lo hacen, son detectados y penalizados por los sistemas anticorrupción que se establecen en su estructura organizativa.

¿Podemos decir esto mismo de la “competición” política? 

Me atrevo a decir que aquí ocurre lo contrario. Abundan los políticos que incumplen las reglas del “juego”, incluso intentan cambiarlas para facilitar su propósito de victoria en la competición por acceder y ostentar el poder. 

Esto es muy peligroso, es un virus letal para la convivencia cívica. Se deja de lado la gestión para organizar la sociedad y se prioriza la gestión para ganar (ellos). Además, la competición por su propia naturaleza enfrenta a competidores y a seguidores. Polariza, lo cual, sin control ni sentido común, tiende a la fanatización y a la radicalización. ¿Nos suena de algo? Mientras en los discursos políticos nos inundan con loas a la unión social (entre tantas promesas incumplidas), su comportamiento revela otro propósito diametralmente opuesto. Líderes sin credibilidad.

Muchos ciudadanos (en peligroso aumento) se han dejado llevar por esta radicalización. Se ponen la camiseta de “ultra” de un partido político como si de un derbi futbolístico se tratase. La prioridad es ganar, como se suele decir, por lo civil o lo criminal. Se pierde la perspectiva de pensamiento responsable, crítico y razonable. Se vota con el “escudo” y no con la cabeza.

¿Se toman los políticos las elecciones como partidos decisivos, a “vida o muerte”?

Ojalá los políticos se miraran en el espejo de los grandes competidores del deporte español. Tenemos muchos y de manera recurrente, tanto a nivel individual como de equipo: Federico Martín Bahamontes, Seve Ballesteros, Ángel Nieto, Arantxa Sánchez Vicario, Conchita Martínez, Fermín Cacho, Blanca Fernández Ochoa, Miguel induráin, Theresa Zabell, Rafa Nadal, Carolina Marín, Fernando Alonso, Lidia Valentín, Ana Carrasco, Garbiñe Muguruza, Javier Fernández, Javier Gómez Noya, Mireia Belmonte, Gemma Mengual, Ricardo Ten, Purificación Santa Marta, Teresa Perales, Sara Martín, Richard Oribe, los jugadores y jugadoras de las selecciones de fútbol, de baloncesto, balonmano, waterpolo, rugby, hockey, tenis... y tantos otros deportistas que son un ejemplo independientemente de su palmarés.

Todos ellos evidencian que para ganar no hay atajos, no hay trampas, no se gana con discursos, sino con hechos y actuando con respeto a los reglamentos que organizan sus respectivas disciplinas. Comprometidos con valores que benefician a la sociedad. Su legado va más allá de sus victorias deportivas, se convierten en modelos de buenos ciudadanos. Ídolos y referentes sociales. Líderes cuya credibilidad reside en la transparencia y coherencia de sus propósitos y comportamientos. 

La cultura del deporte es, sin duda, uno de los mejores modelos educativos. 

En estos tiempos de polarización y radicalización social y política, convendría mirar al espejo del Deporte (no solo hacerse fotos con él). Por ejemplo, analizar cómo ha hecho para solucionar el problema de los grupos ultra; o ver cómo se trabaja para luchar contra el racismo, la desigualdad y contra cualquier tipo de discriminación; o estudiar cómo se fomenta la unión de toda su comunidad cuyo contexto es de infinita variedad y volatilidad por su ámbito global y de continua competencia. Ni siquiera el interés económico detrás de la práctica deportiva es capaz de imponerse en el orden de prioridades del deportista. 

La cultura del deporte es ejemplo de coherencia. Otro debate sería analizar el orden de prioridades en los intereses de muchos de los gestores (no deportistas) del negocio en la industria del deporte.

Paralelamente es imprescindible que las personas que dirigen los medios de comunicación (incluido las RRSS) reflexionen sobre su papel al respecto. Comunicar implica mucha responsabilidad por su capacidad de influencia en los receptores de la información. La comunicación es un arma muy poderosa, incluso de destrucción masiva si se pone al servicio de los objetivos económicos, dejando en segundo plano el cumplimiento de su compromiso deontológico con la verdad y con la audiencia. Es muy preocupante comprobar que en la práctica actual aquello que no se cuenta “no existe”, y por silogismo, “solo existe” lo que se cuenta. Una seria amenaza para la ciencia de la historia, sobre todo cuando se da rienda suelta a “contar” lo que no existe. Con el negocio de las “noticias falsas” no solo están contribuyendo a fomentar la radicalización de la sociedad, también están promocionando y fomentando el comportamiento “fake” en las personas. Un fenómeno social que sin duda, debería plantear un serio debate sobre su conveniencia. 

 ¿Evolución o involución?

La historia de España nos muestra que llevamos siglos, en los cuales, los diferentes movimientos políticos y los diferentes estilos de gobierno, en su afán por tener el control del poder, han fomentado una sociedad en constante enfrentamiento y división. Forma parte de nuestro ADN sociológico. La muestra más reciente de ello es la Guerra Civil de 1936 a 1939 que nos llevó al último periodo de régimen dictatorial, el franquista (que no ha sido el único que los españoles han sufrido en su historia). Independientemente de la ideología política gobernante, esa ha sido una constante en nuestro desarrollo como país durante los siglos XIX y XX. Luchas (fratricidas) entre monárquicos, republicanos y otras opciones, tanto conservadoras como reformistas o progresistas, han protagonizado todo ese periodo. Con una excepción que supuso un punto de inflexión (para bien) en el devenir de España: la TRANSICIÓN. Y con un elemento clave en torno al que se empezó a construir una democracia de calidad: el CONSENSO. Gracias a que la inmensa mayoría de la fuerzas políticas demostraron esa capacidad de entendimiento, fue posible empezar a poner fin a la división y al enfrentamiento. Por primera vez se tuvo la sensación de unidad como país, respetando y disfrutando de su diversidad, y también, luchando unidos por erradicar a las minorías que no quisieron unirse al consenso y eligieron seguir por el camino de la barbarie. 

Me parece increíble que dos siglos después, en lugar de aprender de nuestra historia, los actuales políticos (los hijos de la Transición) elijan un camino que ya hemos comprobado hacia dónde nos lleva. El camino de la auto destrucción, en lugar de darle continuidad al camino de la construcción y el crecimiento, que tuvo su inicio con el consenso que sus predecesores sellaron en la vigente Constitución española de 1978. 

Para lograr consenso sobra el ego de los cobardes y hace falta el valor de los humildes.

Si queremos superar las dificultades, mejorar, crecer y construir un país donde la variedad multicultural sea parte de su riqueza y no un elemento auto destructor, es necesario el consenso, y es urgente analizar la coherencia entre los propósitos y los comportamientos de nuestros dirigentes políticos (gobiernos central y autonómicos), para actuar en consecuencia con quienes no cumplan con su responsabilidad por definición. Un buen inicio, sería penalizarles por el incumplimiento de sus palabras, en lugar de aceptar y normalizar sus continuas mentiras. Del pueblo también depende el fomento de líderes con credibilidad. Demandémoslo. Si no lo hacemos, nos convertimos en cómplices. Del mismo modo que el liderazgo con credibilidad llama al consenso y a la unión, el liderazgo sin credibilidad llama al engaño, a la fuerza, al sometimiento. No me parece descabellado pensar que esta elección tenga una influencia decisiva en la dirección a la que conducen. La diferencia puede estar entre vivir en una democracia o sobrevivir en una dictadura impuesta por la fuerza o por engaño. 

Los buenos propósitos sin acción, se quedan en sueños, mientras las acciones sin propósitos buenos, se convierten en pesadillas.

Víctor Sánchez del Amo.

 

EL DEPORTE ES LA MEJOR "FÁBRICA" DE PERSONAS